Primero las personas

El Papa sitúa la libertad individual por encima de Estados y gobiernos

El Papa León XIV en Barcelona
El Papa León XIV en Barcelona

Del histórico discurso del Papa ayer en el Congreso de los Diputados, extrae cada cual aquello que más le conviene, pero nadie puede negar el compromiso firme y permanente de León XIV con la dignidad de las personas, la defensa del ser humano en su libertad individual frente a cualquier norma que pudiere menoscabarle, ante cualquier Estado que intente abusar de su poder menospreciando los valores intrínsecos a hombres o mujeres, desde el momento de la concepción hasta cuando se está enfermo o se es anciano en el ocaso «natural» de la existencia. Dos menciones directas de Su Santidad, sin circunloquio alguno, a la defensa de la vida frente al aborto y la eutanasia. Decirlo en España, en la sede de una representación popular cuya mayoría sanchista quiere blindar la interrupción del embarazo como derecho constitucional, tiene gran valor, sobre todo ante Junts y PNV, socios que hacen gala de su cercanía al Santo Padre, cosa que tuvimos ocasión de comprobar cuando el pontífice saludó a los portavoces de los grupos.

El sapo de la defensa de la vida frente al aborto y la eutanasia lo tuvieron que digerir como pudieron los miembros del Gobierno, con Sánchez y la vicepresidenta Yolanda Díaz a la cabeza, pero también los aliados de Sumar, la Esquerra de Rufián y los bildutarras de Mertxe Aizpurua, todos ayer presentes, a excepción de Podemos y el BNG. Estos dos últimos fueron coherentes con sus ideas, pero no tanto con la cortesía exigible a los parlamentarios.

No podía pasar de largo León XIV sobre los valores de siempre de la Iglesia, y así lo hizo. Junto al aborto y la eutanasia, el derecho inalienable de los padres a elegir la educación de sus hijos de acuerdo con sus creencias religiosas, otro sapo para la mayoría izquierdista que respalda el nacionalismo de derechas. Igual que la defensa de la familia, la integración plena de los inmigrantes en los países de acogida y la bandera del no a la guerra. La paz como exigencia moral frente a los Estados que fracasan cuando son incapaces de solventar sus discrepancias mediante el diálogo, aplastando el derecho que tienen las personas a no enfrentarse entre sí o a no matar a otras personas. Y la preocupación del Sumo Pontífice ante el actual rearme de Europa, el empleo de la Inteligencia Artificial en el ámbito militar, con la gravedad que supone que sea una máquina quien resuelva sobre la vida de seres humanos.

La IA, caballo de batalla de su primera encíclica «Magnífica humanitas», tenía que estar presente: la persona y su dignidad por encima del valor de los algoritmos. Una IA que, recordó, no es neutral porque toma el nombre de quien la concibe, regula y utiliza, razón por la que corre el riesgo de convertirse en un instrumento más al servicio de intereses particulares no ecuánimes ni imparciales.

Finalmente, España. Elogió Su Santidad nuestra historia de concordia, y pidió que no perdamos nunca ni el espíritu de encuentro ni la memoria de las raíces. El Papa habla el español bello del Perú, donde ejerció 40 años. «Una lengua que une continentes», dijo. Una lengua que es materna para el 40 por ciento de los católicos del mundo, razón de más para ocupar el lugar que le corresponde también en el Vaticano.

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