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Obligatorio sospechar

Desconfiar de Sánchez es una obligación democrática en la España de hoy

Ponen algunos el grito en el cielo ante quienes decimos que hay que extremar la pulcritud en el control de los procedimientos electorales. Argumentan que pedir garantías plenas en el voto por correo o en el sufragio digital es poco menos que cuestionar la democracia, lo que equivale a tildar de fascistas a quienes planteamos objeciones. Entre los que así opinan son mayoría los bienintencionados, en cuyas cabezas no entra la idea de que pueda haber personas que intenten manipular las urnas en su favor. Lógico porque la democracia se basa en las urnas, que son sagradas para la inmensa mayoría de la ciudadanía, de modo que cuando el resultado es contrario a nuestros deseos, se acepta como natural, entendiendo siempre que el procedimiento ha sido limpio. En el ideario de un demócrata no hay lugar para el fraude. Por eso es difícil creer que puedan existir presuntos demócratas dispuestos al uso de artimañas para alcanzar el poder o para mantenerlo. Valga este exordio para afirmar que, en el actual momento de España, está más que justificada la sospecha con relación a Pedro Sánchez. No por parte de personas ultras o fascistas, como argumenta él, sino en razón de la trayectoria de quien hoy ocupa la Moncloa. Bien sabemos cómo intentó ocultar la voluntad de sus compañeros de partido, en el Comité Federal de 2016, colocando una urna falsa en un pasillo, sin garantías de control ni censo oficial. Descubrieron su maniobra y se votó a mano alzada, forzando su dimisión. Lo cual no fue impedimento para que en las primarias que disputó a Susana Díaz, volviera a la carga falsificando votos y papeletas, como revelan las cintas de Koldo, autor junto a los otros miembros de la banda del Peugeot (Ábalos, Cerdán y Salazar) del pucherazo que devolvió a Sánchez a la Secretaría General socialista. «Metes los (votos) de los cuatro rumanos» o «metes las dos papeletas, y listo», son algunas de las expresiones conocidas gracias a las grabaciones del exasesor del exministro, que escandalizaron en su día, aunque sin consecuencia interna alguna dentro del PSOE.

También supimos después que la fontanera Leire Díez, cloaquera mayor del sanchismo, coordinó el voto por correo, lo que produce la misma inquietud que el hecho de que el también fontanero Paco Salazar se haya afincado en Argentina, país clave en la tramitación de los cientos de miles de nuevos votantes que promueve el Gobierno vía «ley de nietos».

Sospechar de Sánchez y de su fontanería no es un capricho de la fachosfera, sino una obligación democrática en la España de hoy. Debemos desconfiar de Sánchez y estar vigilantes ante cualquiera de sus iniciativas. Quien lo hizo una vez, lo hará dos y las que sean necesarias. Por eso también hay que desconfiar de su pasividad en Ceuta. La inacción del Gobierno puede favorecer un gran conflicto por enfrentamiento civil entre residentes e inmigrantes, que justificaría proclamar un estado de excepción que conlleva suspender cualquier convocatoria electoral mientras dure, según el artículo 116 de la Constitución. La solución al caos sería darle la cosoberanía de la ciudad a Mohamed VI. Y se retrasarían las elecciones el tiempo que necesita nuestro timonel para indultar a sus corruptos y lograr el control pleno de la Justicia y de la totalidad de las instituciones del Estado.

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