Maldición lotera

La mayoría de los afortunados con el gordo acaban arruinados

Anuncio de la Lotería Nacional
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Jugamos como posesos pensando que cuando nos toque la lotería se van a terminar todos nuestros problemas, cuando la realidad es distinta: el 75 por ciento de los agraciados con un décimo acaban arruinados. No lo digo yo. Lo dice un estudio de la Universidad Oberta de Cataluña, tras analizar casos de fracasos, tragedias y errores que acabaron en infortunio.

De no haber sido premiados, igual hubieran vivido más tiempo y más felices. Pero no, les tocó la lotería y ahí empezaron los líos. No de inmediato. Al principio todo es maravilloso, dinero a tutiplén, fiestas, compras y excesos que no llegan a ninguna parte. Lo deberían saber los vecinos de Villamanín, dispuestos como están a montar un escándalo por cuatro euros. La condición humana es así. No nos damos cuenta de lo ruines que podemos llegar a ser hasta que llega el momento de una herencia o un divorcio.

Hay gente razonable con sentido común, pero otros se dejan llevar por la envidia, el odio y la avaricia. Surgen ahí las complicaciones. Familias entera destruidas, hijos caídos en desgracia, hermanos que dejan de hablarse por cuatro perras.

Nos toca el gordo y pensamos que se acabaron las apreturas. Algo como lo que sucede con el petróleo. Los países con grandes reservas desembocan con frecuencia en enfrentamientos o guerras, como Irak, Libia, Nigeria o Venezuela.

El dinero no siempre trae felicidad. A veces trae desgracia. Felicidad es tener salud, pero hay quien piensa que por haberle caído el gordo tiene derecho a ser feliz, y eso es pura fantasía. Con frecuencia, cuando te toca la lotería es cuando empieza el sinvivir. Si tiene uno la cabeza ordenada, no debería afectarle. Sólo que eso es lo infrecuente.

La gente recibe el dinero y se pone a gastarlo como si no hubiera mañana: coches caros, pisos caros, barcos imposibles, viajes, hoteles y consumo sin fin. Como nos gusta alardear, exhibimos la riqueza por aquí y por allí. Y al olor del dinero surgen «amigos» que se dedican a pedir. El «agraciado» se dedica a ayudar, pensando que es su obligación como nuevo rico. Pero el dinero es finito, y si no se invierte para que siga produciendo, se va volando como llegó. Eso les pasa a cientos de ganadores lotéricos que se metieron en gastos que a acabaron arruinándolos.

Comprar una casa grande y lujosa implica tener que hacer frente a desembolsos enormes de mantenimiento, impuestos, tasas y condominios. Si a eso se suma una par de coches lujosos con cuotas imposibles de seguro y revisiones, viajes a todo trapo y vivir sin trabajar, la desgracia está asegurada. Si eres generoso con los presuntos amigos, peor aún.

De manera que si tiene usted la suerte de ser ungido con el gordo, lo mejor es que no le diga nada a nadie y siga llevando una vida discreta. Pague sus deudas, no gaste por gastar y guarde para el día de mañana. Y, sobre todo, déjese de avaricias como las que estamos viendo en Villamanín. Peleas idiotas por cuatro duros. Vecinos que se dejarán de hablar. Hermanos nada hermanos. Gente que no se ha parado a pensar en lo absurdo de sus posiciones. Los peores son siempre los que más lata dan. También los que más se arruinan.

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