En el papel de mártir
Con tono lastimero, Ábalos interpretó ser víctima de una conspiración
Que Ábalos fue siempre un magnífico intérprete, nadie lo duda. Cuando saltó el «caso Koldo», se declaró sorprendido por las informaciones sobre su exasesor, marcando distancias con él, como si poco lo hubiera conocido. Lo mismo hizo tras la visita interrupta de Delcy Rodríguez a España, a quien recibió y atendió en Barajas. Hasta once versiones de aquel suceso le oímos. Pasó sin inmutarse de decir una cosa a su contraria en tiempo récord. Todo con una pasmosa apariencia de tranquilidad que abruma, con ese estilo tan suyo de contundencia que hace que los interlocutores asientan embelesados ante el argumentario. Es lo que intentó ayer, una vez más, en este caso ante el Tribunal que le juzga, interpretando mejor que nunca ese papel de víctima con el que ahora coquetea.
El único rol que puede ejecutar, por lo demás, a la vista de unos hechos que le sitúan en el centro de una trama impropia de quien ha ocupado cargos de alta responsabilidad en la administración del Estado. Víctima de Aldama, de Koldo y de Jessica. Su otrora amante, o lo que fuere, le hizo ghosting (le bloqueó en el WhatsApp, en las redes y en todas partes) sin darle oportunidad de explicarse como ayer hizo. Y ahora quiere que entendamos que esta mujer es manejada por Aldama con la única idea de hacerle daño.
Al ser el último en intervenir, es cuestión de dejar en el ambiente la duda sobre la pulcritud de una señorita que, siendo «prostituta», como se encargó de remarcar su abogado al interrogarla, es capaz de cualquier cosa. O sea. Tal parece ser la idea que intentó trasladar, habida cuenta de que lo de Jessica, con ser menor en cuantía monetaria, es mayor en cuanto a impacto en la opinión pública. «Este es un caso juzgado», dijo en su declaración con el mismo tono lastimero de toda la intervención. Puede ser.
Si no juzgado, más que trillado, pues tiene poca explicación que colocara a su concubina en empresas públicas cobrando sueldos sin trabajar, que le pagaran el piso uno o varios empresarios, o que le acompañara en sus viajes oficiales por medio mundo. Todo sin enterarse. Es tan aparentemente impresentable, que el de Torrente solo se puede defender interpretando el papel de víctima de una conspiración empresarial con objeto de sacar réditos a su posición de ministro, sin su consentimiento. Trasladar esa idea al universo socialista, a los votantes del partido, para que cuando tenga que llegar el momento del indulto, del que será beneficiado por su examigo Pedro Sánchez, la gente se compadezca de este buen hombre ultrajado, y acepte la gracia gubernamental como algo merecido.
El caso aún no está juzgado, pese a lo que dijo ayer José Luis Ábalos, pero sí que está cerrado, a la espera de lo que siete jueces del Supremo dictaminen al respecto. La teoría del «lawfare» parece poco aplicable en esta ocasión por la izquierda, habida cuenta del escándalo social desencadenado. De otra manera, no nos cabría duda a algunos de que se colocaría a los magistrados del TS el estigma de «fascistas», con el que con tantísima alegría el sanchismo y sus alianzas despachan cualquier sentencia judicial que les incomoda. Solo que con semejante montaña de evidencias, a ver quién se atreve.