Dimitir como Starmer
En el Reino Unido, Sánchez formaría ya parte de la historia.

En Gran Bretaña, Starmer va a dimitir, pero a Sánchez en España eso ni se le pasa por la cabeza. Al inglés le van a echar los suyos por haber nombrado embajador a una persona de su entorno vinculada a Epstein. Al nuestro, los de su partido le mantienen pese a que su ministro de confianza ha sido condenado a 24 años de cárcel. Starmer ganó las elecciones por mayoría absoluta. Sánchez las perdió e incumplió todas sus promesas con el fin de pactar con los que prometió no aliarse nunca. Nuestro presidente tiene además a su fiscal general condenado, a su hermano juzgado, a su esposa camino del banquillo, al exsecretario de organización socialista encausado y a su amigo, el expresidente Zapatero, imputado. Amén de un procedimiento abierto que le afecta por haberse creado una cloaca para perseguir a jueces, fiscales, guardias y periodistas. Ninguna democracia resistiría una situación como la nuestra. La británica, menos. Y eso que la política inglesa no es hoy casi ejemplo de nada, aunque sí en materia de moralidad pública. Siete primeros ministros removidos del cargo en nada de tiempo, con casos de corrupción de fondo, pero sobre todo con el estigma de haber engañado a la ciudadanía. Particularmente corrosivo fue el caso de Boris Johnson, lenguaraz personaje expulsado de «The Times» por inventarse citas, que hizo carrera en la bancada conservadora a fuerza de extender trolas sobre la UE. Los farsantes siempre tienen ventaja sobre la gente normal. Solo hay que ver a Sánchez. A Johnson lo tumbaron sus colegas de partido después de que se hiciera público su escandaloso comportamiento en pandemia, organizando fiestas con mucho alcohol en Downing Street. Aquí, la justicia ha considerado probados los delitos en la adjudicación del suministro de trece millones de mascarillas por la Covid, también con entornos de fiestas de alcohol y prostitutas, con cargo al presupuesto público. Un presupuesto que nuestro jefe de Gobierno lleva tres años prorrogando, sin viso alguno de poderlo aprobar para 2027.
En Gran Bretaña las mentiras de los políticos cuentan. También los resultados de la gestión pública. A Johnson lo tumbaron por las fiestas etílicas del party-gate, pero también por el desbarajuste al que llevó a su país auspiciando un Brexit nefasto. Desde que se aprobó, la política británica se ha convertido en una necrópolis de primeros ministros. Si Thatcher, Major o Blair gobernaron con estabilidad por más de una década, desde Cameron las cosas empeoraron hasta el extremo de que Lizz Truss apenas estuvo en el poder 45 días. Cameron, May, Johnson, Truss y Rishi Sunak pagaron por los errores de un Brexit que la opinión inglesa ve hoy como un error. Ahora le llega el turno a un Starmer, que ha dilapidado la mayoría absoluta que cosechó hace dos años. Su gestión ha sido un desastre. El país no levanta cabeza desde que unos y otros convencieron a la población para abandonar la UE con ínfulas británicas, engañando a la gente con la promesa de volver al Imperio. El problema es que apenas han conseguido un país desestructurado por los efectos de una inmigración con problemas de integración. Lo que está dando pábulo a Farage, más de derechas que Abascal. Si esto fuera Reino Unido, Sánchez estaría en los anales de la historia. Pero es España.