Controlar el azúcar también en Navidad

«Tomemos algo de dulce, pero sabiendo que hacerlo en exceso no es gran idea»

Dulces navideños
Dulces navideños

¿A quién no le gusta el dulce? El elemento común del dulce es el azúcar. Con frecuencia se pone el acento en el colesterol, y está bien. Se habla menos del peligro de ingerir azúcar en exceso, pese a saber que nocivo no solo porque lleva a la obesidad, diabetes tipo 2, enfermedades cardíacas, hígado graso y caries, sino que también está vinculado a ciertos tipos de cáncer. Decir esto en Navidad puede parecer una manera de aguar la fiesta. Pero conviene no perderlo de vista.

Vale, tomemos algo de dulce, pero sabiendo que hacerlo en exceso no es gran idea. Comer una naranja o una manzana es mejor siempre que un trozo de tarta o que beber un refresco o un vaso de zumo procesado. Cuando no hay fibra, el azúcar se concentra y se torna dañino. Entenderlo ayuda a mantener el equilibrio alimentario, lo que garantiza que las mitocondrias produzcan la cantidad justa de energía.

Los azúcares naturales de las frutas enteras contienen fibra, agua, vitaminas y antioxidantes, que ayudan a retardar la absorción de azúcar. Los azúcares procesados carecen de estos componentes beneficiosos, lo que produce picos rápidos de glucosa, sobrecarga hepática y problemas de salud como resistencia a la insulina o hígado graso, dado que casi todo el azúcar se metaboliza en el hígado cuando se consume en grandes cantidades. Un trozo de turrón, un helado o un refresco no llenan nuestro hígado de grasa, pero el consumo acumulado, sí. En condiciones normales, el hígado puede convertir cierta cantidad de azúcar en energía. Cuando recibe una sobrecargada, produce grasa nueva, que con el tiempo sustituye a las células hepáticas sanas.

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Además, el exceso de fructosa acelera la producción de ácido úrico, lo que incrementa el riesgo de gota y puede dañar los riñones. También aumenta los triglicéridos, que contribuyen a la acumulación de placa en las arterias, amén inflamación crónica.

No todo el azúcar es igual. Un trozo de tarta y un caqui tienen un sabor dulce, pero su efecto es diferente. El caqui aporta agua, fibra y micronutrientes que ayudan a ralentizar la liberación de azúcar. La tarta libera grandes cantidades de azúcar, que obliga al hígado a trabajar horas extras para convertir su exceso en grasa y almacenarla. A diferencia de la fruta natural, la fructosa procesada causa picos de azúcar que alteran la producción de insulina e incrementan el riesgo metabólico.

¿Con qué endulzar, entonces? La sacaría y los ciclamatos son edulcorantes artificiales sospechosos de provocar diferentes patologías. La publicidad engaña haciéndonos creer que productos light como refrescos, dulces, chocolatinas y los dietéticos de imitación ayudan a adelgazar, pero eso no está comprobado. Endulzantes artificiales como el aspartamo y el neotamo perjudican las bacterias intestinales y aumentan el riesgo de enfermedades metabólicas e inflamatorias. En el cuerpo, el aspartamo se descompone en metanol, por lo que tomado en exceso puede provocar síntomas de intoxicación por metanol, dolores de cabeza, mareos y problemas de la vista.

La miel es buena opción, pero hay que saber que la miel es el tercer alimento más adulterado del mundo. Los análisis demuestran que entre el 50% y 70 % de la miel que se vende está adulterada. Conviene que sea miel pura, cruda, natural, no calentada ni procesada.

Mención aparte merece la investigación del doctor Otto Heinrich Warburg, premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1931, que sostuvo que el cáncer (como los parásitos) se alimenta de azúcar. Sus experimentos de demostraron que, al carecer de glucosa, las células cancerosas tienen dificultad para sobrevivir. Warburg sostenía que la célula cancerosa muta desde la energía basada en el oxígeno (respiración) a la fermentación del azúcar incluso en presencia de oxígeno, lo que se conoce como «efecto Warburg»: el cáncer crea su propio hábitat ácido, liberando ácido láctico al fermentar el azúcar. Este ácido reduce el pH y bloquea aún más el oxígeno, creando un círculo vicioso donde los tumores pueden crecer en entornos con poco oxígeno y alta acidez. Las células normales utilizan el oxígeno de las mitocondrias para producir energía. Las cancerosas viven de la fermentación de la glucosa, según el Nobel. Dado que el oxígeno es fundamental para la salud, argumentó Warburg que la mayoría de las enfermedades crónicas, como el cáncer, la diabetes y la obesidad, comienzan siempre con una respiración celular deficiente.

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