5G+: La nueva frontera

Se está implantando progresivamente en áreas de alta densidad para introducir conectividad ultra rápida a miles de personas al mismo tiempo.

Mientras que los chinos tienen ya bien desarrollada la tecnología 6G ( y experimentan hasta con 10G), aquí empezamos implantar en estas semanas la 5Gplus, que en realidad no es sino la 5G real, pues lo que teníamos hasta ahora, con el nombre de 5G, era apenas una 4G mejorada.

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5G+ nueva frontera de las telecomunicaciones

La 5G sin plus está muy extendida, pero no así la 5G+, cuyo alcance limitado se concentra de momento en las grandes ciudades y se expande poco a poco. Técnicamente, la 5G actual se denomina 5G NSA, o “non stand alone” (no puede funcionar por sí sola y necesita apoyo 4G). 5G plus sería la verdadera 5G, técnicamente conocida como 5G SA (“stand alone”, o sea, independiente). Su caracterización es que usa bandas de frecuencia más altas para velocidades ultra rápidas y más capacidad en zonas densificadas (grandes ciudades, estadios, puertos, aeropuertos, conciertos, etcétera).

Según la IA, la 5G+ usa bandas altas (24-100 GHz) ofreciendo velocidades similares a la fibra óptica. Aun así, antes de llegar al 6G habría que pasar por la 5G UW (Ultra Wide Band, banda ultra ancha de ondas milimétricas) y la 5G UC (Ultra Capacity, ideal para streaming de alta definición, videojuegos y descargas masivas). El problema principal de las 5G avanzadas es que son de muy costosa/cara implantación (redes prácticamente nuevas), y de cobertura limitada porque necesitan muchas antenas para transportar más datos a mayor velocidad. Dado que su alcance es más corto, y pueden ser bloqueadas fácilmente por paredes y árboles, se necesitan muchísimas más antenas (en farolas, fachadas, semáforos) para garantizar la cobertura del denominado “internet de las cosas”, vehículos autónomos, drones, robótica y todo lo que la IA nos depara.

Sólo que cada avance aporta su problemática. Y la primera es la seguridad. Los hackers lo tienen más fácil para llevar a cabo ataques sacando provecho de las debilidades de las meta-superficies sobre las que se mueve la tecnología inalámbrica, puesto que datos y señales están a la intemperie, lo que hace el riesgo sea mucho mayor. De hecho, y como observamos en nuestro día a día, cada vez hay más ciberataques y nuestros dispositivos son más vulnerables.

Ese riesgo se acrecentará con el paso del 5G al 6G, que implica ir de “la conectividad inteligente al gemelo digital”, entrando en “la era del holograma”, una conexión más real entre lo virtual y lo físico, de manera que las actuales conversaciones on-line serán sustituidas por encuentros en los que tendremos frente a nosotros, sentados, de pie o como sea, a los interlocutores, figuras reales con las que conversaremos como si estuvieran ahí mismo, aunque estén en Nueva Zelanda. La diferencia más relevante del 6G con relación al 5G será la transición de gigahercios a terahercios, similar al paso de los megahercios a gigahercios.

Asunto que parece que nadie aborda en profundidad es si las nuevas tecnologías de ondas y pulsos son biocompatibles. Los tecno-gurús esquivan la cuestión, aunque es sabido que, si bien hay radiaciones de baja energía totalmente inofensivas, también las hay de gran intensidad claramente dañinas.

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