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Militarización del Espacio

EE. UU, Rusia y China han desplegado armas siderales para combatir incluso alrededor del corredor entre la Tierra y la Luna

SpaceX, el emporio satelital de Elon Musk, ha recibido permiso de la FCC (Comisión Federal de Comunicaciones) para seguir ampliando la constelación Starlink hasta 15 mil satélites, lo que representa una preocupante saturación de la órbita espacial baja. Eso sin contar con los sistemas rusos y chinos, que también están intentando controlar el ciberespacio. La empresa Biuró 1440 ha colocado en órbita un nuevo lote de satélites Rassvet, el equivalente ruso del Starlink. Dado que los chinos hacen igual, la preocupación aumenta. Los astrónomos sitúan en 100.000 satélites el límite para preservar el cielo nocturno, pues esas megaconstelaciones aumentan el brillo del cielo y dificultan la detección de galaxias, exoplanetas y asteroides.

Eso desde el punto de vista científico. Desde el militar, la preocupación es mayor. Dada la creciente dependencia de Internet, afectar a los satélites que suministran wifi en cualquier parte del globo podría desencadenar un auténtico desastre, al cegar los servicios en la nube y generar apagones digitales imprevisibles.

Americanos y rusos disponen de bombas termonucleares “arco iris”, que en lugar de atacar a objetivos en tierra se lanzan hacia arriba, para neutralizar satélites, afectando a la conectividad global y pudiendo dejar a áreas completas sin ningún tipo de conexión por ondas. Solo que ni tan siquiera hace falta acudir a ese tipo de armamento nuclear. Según declaró a Reuters el comandante del Comando para Alemania, el general Michael Traut, los satélites militares rusos están practicando maniobras que podrían utilizarse contra grandes constelaciones de satélites comerciales, paralizando Starlink. Al mismo tiempo, China ha desarrollado el microondas de alta potencia más compacto del mundo, según el Northwest Institute of Nuclear Technology, que permite generar pulsos electromagnéticos capaces de inutilizar redes como Starlink, sin necesidad de destruir físicamente los satélites. Con la ventaja de que, a diferencia de las armas antisatélite convencionales, son “invisibles”, difíciles de detectar, dificultan descubrir la autoría y reducen el riesgo de escombros espaciales. Algo que se pude hacer desde camiones en tierra, buques o bien con enjambres de drones con armamento de pulso, en lugar de explosivos. Lo que nos llevaría a conectar la actual guerra de drones a la guerra de ondas, impulsada por una “flota de mosquitos Xuanniu” (voladores autónomos impulsados por IA). EE. UU domina la flota de satélites de orbita baja, pero China va en cabeza de la tecnología de órbita alta para monitorear la superficie terrestre con semiconductores de nitruro de galio (GaN) material raro del que carece EE-UU. Para frenar la superioridad hipersónica ruso-china, Washington impulsa su ventaja en el espacio exterior con 12.600 satélites activos frente a los apenas 1.480 de China y poco menos de 400 rusos. Ahí los americanos tienen supremacía, lo que lleva al general Dan Caine, jefe del Estado Mayor USA, a postular un imperio cósmico que equivale a la militarización del espacio, capacitando a sus fuerzas aeroespaciales para “poder actuar en cualquier lugar”, incluido el teatro de batalla del corredor espacial entre la Tierra y la Luna.

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