Castigo a Merz en Alemania

«¡Vete a Ceuta!», le gritaban al canciller alemán en la Alta Sajonia

Friedrich Merz canciller alemán
Friedrich Merz canciller alemán

Es difícil encontrar a líderes tan impopulares como lo es Pedro Sánchez en España, pero el caso del canciller alemán Merz empieza a parecerse bastante. Su catastrófico resultado electoral este domingo en la Alta Sajonia es exponente de ello. También los abucheos que sufre cuando sale a la calle, donde su popularidad está por los suelos. «¡Vete a Ceuta!», le gritaban la semana pasada durante su visita a Magdeburgo, capital del länder que le ha castigado con un pésimo resultado electoral en beneficio de la denominada ultra-derecha populista de la AfD. En el año y medio que lleva en el poder, el canciller democristiano ha consolidado un perfil belicista que asusta, anunciando la vuelta al servicio militar y disparando el gasto en armamento a unos niveles que empiezan a preocupar, a costa de deuda pública.

Además, la locomotora europea no crece, el desempleo aumenta, la renta per cápita retrocede y la floreciente industria germana está siendo destruida. Su política de recortes implica menos dinero para la Sanidad, freno a las pensiones, menos ayudas por hijos, una Seguridad Social más cara y un programa fiscal que podría suscribir la izquierda, con tasas e impuestos que castigan a empresas y ricos. De hecho, gobierna en alianza con la izquierda, pero careciendo de la personalidad de Merkel, que también lo hizo con los socialdemócratas, pero a nivel de calle era una mujer querida, todo lo contrario que Merz.

Razones más que sobradas para explicar la caída en picado de la popularidad de este exdirectivo de BlackRock obsesionado con convertir de nuevo Alemania en potencia militar. Algo que no le compra la ciudadanía, sobre todo en la antigua RDA. Ya en cinco de los seis länder de la denominada República Democrática Alemana barrió la AfD en las últimas elecciones generales. En algunos estados, como Turingia y Sajonia-Anhalt, de manera apabullante. Da para pensar que la ultraderecha gane en la que fuera la Alemania comunista. Por eso calificar sin más de neonazis a los líderes de la AfD puede ser una simplificación excesiva. Su líder, Alice Weidel, pertenece al mundo LGTB (sin militar en él), es contraria al rearme y jamás habla en términos nostálgicos o apologéticos de Hitler. Y es un error pensar que quienes le votan en la ex RDA son nazis y quieren volver a un régimen como el del Führer.

El fondo del problema de Alemania del Este, con relación al Oeste, está aún hoy en sus diferencias en el nivel de vida. En la ex RDA es más que visible el atraso en el desarrollo de sus infraestructuras, tienen un alto nivel de desempleo y los agravios hacia la otra Alemania son constantes. Sigue habiendo distancia entre «wessis» (occidentales) y «ossis» (orientales), no solo en las costumbres, sino en la forma de pensar y en los medios de que disponen.

La crisis alemana es mayor en los estados orientales, que sufren más los precios del gas, de la gasolina, y la caída de la industria. Temen que la inmigración ilegal se quede con lo poco que tienen, y por eso abrazan la «remigración» de la AfD.

Tampoco son antirrusos, pese a haber vivido 40 años bajo el yugo de la URSS, por lo que rechazan que Merz envíe misiles a Kiev para su empleo dentro del territorio de la otrora Unión Soviética.

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