Zapatero habló, pero no convenció
No basta con decir «no tuve nada que ver», cuando las pruebas aportadas apuntan a lo contrario
La expresión de ayer de Sánchez en las Cortes no era la de otras veces. Estuvo torpe, desencajando, más mohíno de lo normal y sin esa exhibición de recursos dialécticos que le ha caracterizado en tantas ocasiones. No es para menos. Feijóo le llamó cobarde y dijo que tiene miedo a la democracia. El PNV reiteró que debería convocar elecciones, coincidiendo en esa posición con buena parte de los asociados. Sánchez pretendió exhibir normalidad, pero apenas le salió el tono cansado de quien ya no cree ni en lo que dice, pretendiendo aparentar que gestiona cuando no hay nada que gestionar, ninguna ley que aprobar, ningún apoyo serio que exhibir. Todo son artificios. Le aplaudieron largamente los suyos en el convencimiento de que están ante un ocaso anunciado. No hay renacer posible sino apenas días con efluvios de vino y rosas, un esfuerzo por aparentar que todo sigue igual cuando de aquella felicidad antigua apenas quedan los vapores de la gloria perdida. Un dolor de cabeza sucede a otro, y el de Zapatero investigado por la Justicia no es el menor. Lo dijo otra vez Page, y no es el único que piensa igual en el partido. El PSOE está roto. Los que tienen que articular las defensas no encuentran argumentos. La legión de asesores no le sirve a Sánchez más que para enredar más una madeja de corrupción cada vez más trabada. La cloaca se creó para tapar lo de Begoña y el hermano, pero la cloaca es peor que todo lo anterior, que las mascarillas, las prostitutas de Ábalos, el pantano de Cerdán, el amaño de las primarias o la actuación delictiva del ex fiscal general, cuyo nombre emerge de nuevo entre sospechas junto al de la directora de la Guardia Civil.
No sabemos en qué medida el caso ZP afecta más a Sánchez que los anteriores, pero ayer vimos que le afecta. Le están diciendo que tiene que dejarlo caer, como hizo antes con su ministro preferido, y con Koldo y Cerdán. Zapatero declaró menos de lo previsto, pero no fue lo concluyente que se esperaba. A juicio del juez Calama, no logró despejar ninguno de los indicios de sospecha que se le agolpan. El hecho de sólo contestar al juez y a su abogado, pero no al fiscal, denota una actitud de defensa ante lo que podrían ser errores o contradicciones en las que no le conviene incurrir. Lo cual es más que indiciario. Cuando alguien tiene las ideas claras, ninguna duda sobre su comportamiento, no hay miedo alguno a la hora de responder a quienquiera que le pregunte. La verdad es una. No tiene cien caras. Y si se dice la verdad, no hay nada que ocultar. Salvo que sea una verdad inconfesable.
Por ejemplo, la verdad de Plus Ultra, más allá del consabido «no tuve nada que ver». La verdad de las joyas, asunto en el que ya ha incurrido en contradicciones. La verdad de las mediaciones en los escenarios internacionales, como pone de manifiesto la investigación iniciada en Estados Unidos. No basta con decir «no tuve nada que ver», cuando las pruebas aportadas apuntan a lo contrario. Así lo ve el juez y así lo ve el fiscal. Y lo peor es que también los socios del Gobierno lo ven, amén de muchos de los antiguos entusiastas dentro y fuera del partido, en el universo mediático.
La estrategia de responder sin aclarar el detalle de los datos inculpatorios, escudándose todo el tiempo en que hay una conspiración de la derecha contra el Gobierno, puede servir para una comisión en el Senado o para una entrevista en la radio, pero no vale ante un juez meticuloso como Calama, que se sabe el sumario de arriba abajo. En la Audiencia hay que entregar datos, pruebas, testimonios. Convence quien lo demuestra, no quien alude a maquinaciones.
Por mucho que el expresidente pida más tiempo para aclarar su situación, de nada le va a servir contar con más días y más semanas si no es capaz de convencer al juez de su inocencia. Y ayer no lo hizo en absoluto. Más bien al contrario.