De la biometría al neuro-DNI

La ciencia, que ya sabe leer el cerebro humano, abre el camino a instaurarlo como documento de identidad.
Cuando nos encontramos en pleno proceso de transición desde las engorrosas contraseñas a la biometría, algunos científicos plantean ya usar el cerebro como documento de identidad. Esto, que a muchos de nosotros nos da hasta miedo, no se va a imponer mañana, pero el camino está trazado.

Hay quien envuelve el DNI en papel de aluminio para evitar robos de identidad
Hay quien envuelve el DNI en papel de aluminio para evitar robos de identidad

De momento, lo que ya viene es la biometría como fórmula de enterrar las contraseñas. En principio, la mayoría lo agradece, habida cuenta de que las claves para abrir aplicaciones o webs se han transformado en una verdadera pesadilla. Cada App exige una contraseña diferente. Al principio era cómodo: se trataba de cifras o palabras cortas.

Pero para luchar contra la creciente ciberdelincuencia, cada día se han ido pidiendo llaves de acceso más complicadas, intercambio de mayúsculas, ´minúsculas, signos raros o asteriscos que no se pueden ni se deben repetir, lo que provoca que tengamos un arsenal de claves y un gran caos. La situación es tan fatigosa e inviable, que la inmensa mayoría acoge la biometría como un respiro. Por fin no vamos a tener que seguir creando y guardando contraseñas, cada cual más complicada. Ahora bien. ¿Va a ser la biometría segura? .

En principio sí, pues nuestra huella digital, de rostro o de iris es tan específica que nadie más la puede tener. Pero siempre hay un “pero”. Y aquí entra en acción la IA, que como bien sabemos ya es capaz de clonar cualquier cosa, nuestra voz, nuestra imagen, y por supuesto nuestra identificación digital o de rostro. Entendemos que, si un grupo de hackeadores se lo propone, usando la IA puede perfectamente duplicar nuestra biometría, entrar en nuestros dispositivos y organizar un pandemonio. Fácil no es. Imposible tampoco. Aquí el problema.

Claro que mientras el nuevo sistema se generaliza, la ciencia ya está en otra cosa: la captura de nuestra huella neuronal a través de tecnologías de neuroimagen. Una electroencefalografía registra la actividad eléctrica del cerebro mediante sensores en el cuero cabelludo. Es rápida, barata y certera, dicen los que la han creado. También se usa la resonancia magnética funcional o la magnetoencefalografía, que incluso ofrecen mayor precisión, sólo que son más complejas y bastante caras.

Ya se puede identificar neuronalmente a una persona con tasas de acierto superiores al 95 por ciento, de manera que es posible crear una firma cerebral o neuro-DNI, que dicen sus creadores no deja rastro físico ni puede falsificarse…al menos fácilmente. A diferencia de una contraseña, no se pierde; a diferencia del rostro, no se altera con una cirugía.

El problema es la ética. Si se identifica nuestra actividad cerebral, también se accede a nuestras emociones, estados mentales o información sobre la salud o de cualquier tipo. Es decir, estaremos esclavizados por una IA que va a saber de nosotros hasta lo que pensamos. Y eso ya no gusta tanto. Un sello neuronal que algunos identifican con “la marca de la bestia” del Apocalipsis.

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