La coartada plurinacional
Poco le importa a Sánchez abrir una crisis constitucional sin precedentes.
El PNV le ha mandado un mensaje a Sánchez, pero no el que algunos piensan. Aitor Esteban no va a apoyar una eventual moción de censura de Feijóo por mucho que diga, como declaró el domingo, que la legislatura está finiquitada y sería irresponsable continuar más allá de 2026 sin apoyo parlamentario, con los socios desgajados de la mayoría y, un año más, sin Presupuestos para encarar el final del cuatrienio Frankenstein.

Los nacionalistas vascos quieren elecciones generales antes y separadas de las municipales, pues en estas últimas se la juegan a una sola carta con Bildu, que según la mayoría de los sondeos estaría a punto de sobrepasar al partido fundado por Sabino Arana. El jefe máximo de Bildu sigue siendo el exetarra Otegi, que ha añadido al debate sobre el final de la legislatura un dato más que no debería pasar desapercibido. Dice que en lo que resta de mandato legislativo se debería abordar la «reforma plurinacional» del Estado. Asunto no menor que iba en el programa de pactos con los asociados indepes, pero que hasta el momento no se ha querido poner sobre la mesa.
Bildu pasa por ser el aliado más estable y confiable de Sánchez, pero su respaldo no es incondicional ni gratis. Recuerda Otegi que, de las tres premisas de partida para el apoyo de su formación al actual Gobierno, se habrían cumplido las dos primeras, referidas a la mejora de la situación de los presos y los avances en las políticas en favor de los trabajadores. Quedaría pendiente la tercera y más importante, que también lo es para Junts, ERC y PNV: la cuestión plurinacional.
En eso podrían andar ahora unos y otros, habida cuenta de la perentoria necesidad de Pedro de seguir instalado en La Moncloa mientras estén vivos los nueve casos judiciales que le atenazan. La legislatura está más que finiquitada para las confluencias. Solo la apertura de la discusión sobre la plurinacionalidad podría justificar un mínimo de lealtad por parte de formaciones como PNV o Junts.
Abriendo ese melón, Sánchez desviaría mínimamente la atención de una opinión pública cada vez más escandalizada por el alcance de la corrupción socialista. Un debate que no es solo plantear si España está formada por una o varias naciones. Eso ya lo dejó establecido Zapatero cuando afirmó, con la solemnidad que le caracteriza, que «si hay un concepto discutido y discutible en la teoría política y en la ciencia constitucional es precisamente el de Nación».
Sánchez sostiene que en España hay varias naciones y el compromiso al que habría llegado con los confederados es el de resolver esta cuestión antes de que concluya el periodo de sesiones. Ergo, destapándolo ahora, conseguiría zafarse algo de la pesadilla de la corrupción, y calmaría a los coaligados con el único asunto que de verdad les importa.
El problema está en el límite. En Podemos, otro de los socios díscolos, creen que hay que llegar hasta un referéndum sobre el modelo de Estado. Algo ilegal, pero que constituiría un órdago a lo grande, de esos que le gustan al presidente del Gobierno. Si le importó poco prostituir las primarias de su partido, pactar con los herederos de ETA y amnistiar a los autores del golpe separatista, poco le va a importar abrir una crisis constitucional sin precedentes.