Guerra a la economía global
Escalar el conflicto conlleva el riesgo de una crisis aun mayor.
Diez días de guerra y, lejos de avistarse el final, parece que se podría prorrogar por meses, que es lo que «no» le interesa a Trump y lo que busca Irán. Las opciones son pocas y complicadas: escalar, invasión terrestre, opción nuclear o desescalar. Teherán lleva 20 años preparándose, y utiliza una estrategia de asimetría de costes: mientras USA emplea sistemas antimisiles que cuestan entre uno y diez millones de dólares (Arrow, Patriot o THAAD), ellos utilizan enjambres de drones o misiles basura de saturación que apenas valen decenas de miles.

Dado que Irán ha empezado a usar misiles hipersónicos de racimo, que liberan decenas de submisiles por lanzamiento, la operación de interceptación se encarece sobremanera. El exsecretario de Estado Blinken ha reconocido que los arsenales de interceptores americanos se pueden agotar. Douglas MacGregor, veterano militar y exasesor de Trump, ha escrito que las bases USA en la región están muy afectadas, igual que los puertos y los carísimos sistemas de radares de alerta temprana americanos.
El riesgo de esta guerra, empero, más que en lo militar, está en lo económico, en la manera en que el conflicto puede afectar al sistema del petrodólar, acuerdo por el cual las dictaduras del Golfo venden petróleo en dólares americanos y reinvierten esos dólares en activos estadounidenses (bonos, tecnología o en la bolsa), lo que se conoce como «reciclaje del petrodólar», que permite a EE. UU. pedir prestado a tasas de interés bajas a pesar de cargar con 33 billones de dólares en deuda. Esa es la razón por la que el dólar sigue siendo la moneda de reserva mundial, pese a que América no ha equilibrado su presupuesto en décadas.
Si el conflicto sigue afectando a países como Arabia Saudí o Emiratos, el flujo de reciclaje del petrodólar se vería debilitado, lo que dañaría a sectores claves de la economía estadounidense, como pueden ser la tecnología o la inteligencia artificial, derivando en una crisis mayor. De ahí los ataques de Irán a centros de datos de Amazon y Microsoft, un claro intento por destruir la infraestructura física que ejecuta la computación en la nube, y afecta a los sistemas financieros, las redes corporativas, los servicios de inteligencia artificial y las comunicaciones digitales para miles de empresas que operan en todo el Oriente Medio. De manera que cuando Estados Unidos entre en su fase dos, Irán podría activar también la 2 suya con ataques cibernéticos a la infraestructura americana, redes eléctricas, sistemas de agua, e incluso redes financieras de Estados Unidos.
Los países del golfo aliados de Washington son muy vulnerables: dependen de las importaciones alimentarias en cerca del 85 % para cubrir las necesidades de su población y sus turistas, lo que se complica con el Estrecho de Ormuz cerrado. Con varios ataques con drones a petroleros, Irán ha provocado que las principales líneas de contenedores del mundo hayan suspendido los tránsitos, disparando el precio del crudo y del gas. Los países del Golfo son, además, extremadamente vulnerables en sus recursos hídricos: dependen de las desalinizadoras, por lo que, atacándolas, generarían un enorme caos al dificultarse el suministro de agua.
Desescalar la guerra parece hoy imposible. Escalar sin destruir completamente a Irán puede ser letal para la economía global. De la solución nuclear, mejor ni hablar.